Contexto Mundial
Desde 2008 en adelante y bajo la sombra de la crisis financiera, la política y los cambios de posición en el tablero mundial, diversas revoluciones fueron cubriendo los espacios informativos.
La agenda de medios cubrió con gran repercusión levantamientos sociales a lo largo de todos los continentes. Movimientos como “Los Indignados”, “Ocupy Wall Street” e incluso la denominada “Primavera Árabe” cambiaron la percepción sobre los alcances de una decisión popular más allá de los votos.
Pero al cabo de estos años casi todos esos movimientos reivindicados en su momento se ven a sí mismos estancados, en el mejor de los casos, impedidos y hasta desaparecidos. Sin embargo, entre esa diversidad de actores y reacomodamientos hubo uno que se instaló definitivamente y hoy augura cambios de fondo.
Sin minutos ni párrafos en los grandes medios, sin derramamiento de sangre, sin imágenes de protestas violentas. El silencio se instaló en Islandia, pero solo fronteras afuera... porque adentro todo cambió.
En 2008 los islandeses despertaron con la amarga noticia de que el país estaba en bancarrota. Un gobierno tibio y falto de reacciones se inclinó por nacionalizar al principal banco y la moneda local (corona) se vino abajo suspendiendo incluso la actividad bursátil. Islandia había caído presa de la especulación financiera y comenzaba a pagarlo con rigor.
Hasta antes de la crisis, la economía nórdica había sacado provecho de la facilidad de crédito en los mercados para atraer capitales. Los inversores pedían dinero en el exterior -donde su precio era bajo- y lo prestaban en Islandia. La ecuación permitió una notable apreciación de la divisa, lo que atrajo capitales e impulsó el crecimiento económico. Pero con la crisis esa especulación inclinó la balanza y esos activos volvieron a sus países de origen dejando la deuda externa bruta de Islandia siete veces por encima de su PIB.
2009 encontró a los islandeses en las calles con pacíficas protestas que lograron una convocatoria a elecciones anticipadas y la caída del gobierno de turno. Las nuevas autoridades no tomaron debida nota y propusieron por ley la devolución de la deuda a Gran Bretaña y Holanda mediante el pago de 3.500 millones de euros que aportarían todas las familias islandesas mensualmente durante los próximos quince años al 5,5% de interés.
Una vez más debió ser el pueblo el encargado de encarrilar la situación y las nuevas movilizaciones exigieron someter la polémica ley a un referéndum. Fue así que en enero de 2010 el Gobierno se negó a ratificar la norma y aceptó la consulta popular. El resultado fue arrasador: el 93% votó por el no pago de la deuda. Paralelamente comenzó la investigación para determinar e identificar a los responsables de la crisis. Varios banqueros fueron detenidos junto a ejecutivos. Los que no, abandonaron el país.
Pero lo destacable fue que el pueblo entendió que la solución a la crisis no se agotaba en los estrados judiciales. El fondo de la cuestión eran las bases mismas de la constitución islandesa (una copia de la danesa) y lo siguiente fue elegir a una Asamblea Ciudadana para redactar una nueva carta magna que blindara al pueblo contra los intereses de unos pocos.
La Asamblea Constitucional comenzó su trabajo en febrero de 2011 y presentará un proyecto de carta magna a partir de las recomendaciones consensuadas en distintas asambleas que se celebran por todo el país.
Ni una sola gota de sangre, sin influencias de intereses externos, sin ocupar las tapas de los grandes medios. Así, silenciosa y compacta, la revolución islandesa logra que el país se proyecte como el más próspero de un Occidente ensombrecido por una tenaz crisis.
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