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   República Bolivariana de Venezuela
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Opinión
En Defensa del Socialismo y el Comunismo

SECCIÓN / Yldefonso Finol - caciquenigale@yahoo.es



Significado histórico de la Comunidad Latinoamericana y Caribeña de Naciones

Significado histórico de la Comunidad Latinoamericana y Caribeña de Naciones

Ante las sanciones imperialistas contra Venezuela

Declaración Antiimperialista del Siglo XXI

La cabra Capriles

Baralt, primer socialista venezolano





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Gran Misión A Toda Vida Venezuela

Por:Yldefonso Finol
 

 

Nadie sabe qué cosa es el comunismo.

Silvio Rodríguez.

“El comunismo es una asociación de hombres libres”

Carlos Marx

Todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar. Nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones, sino que las compartían.33. La gracia de Dios se derramaba abundantemente sobre todos ellos,34 pues no había ningún necesitado en la comunidad. Quienes poseían casas o terrenos los vendían, llevaban el dinero de las ventas35 y lo entregaban a los apóstoles para que se distribuyera a cada uno según su necesidad.

Hechos 4-32

 

El comunismo es el sueño milenario de la igualdad entre los seres humanos. Como ideal ha motivado las causas más altruistas de la historia. Hasta hoy nadie sobre la Tierra ha conocido el comunismo porque sigue siendo una utopía por construir. El socialismo es apenas el camino para andar hacia el comunismo.
El Socialismo

En general el socialismo es concebido como un “sistema de organización social que afirma la superioridad de los intereses colectivos sobre los individuales, la necesidad de la acción común para el mayor bienestar para la comunidad, la potestad plena del Estado para estructurar la sociedad y la economía, sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción y cambio, para concluir con la división de clases y la consiguiente lucha entre las mismas, por efecto de las desigualdades que el capital engendra entre poseedores y desposeídos, entre empresarios y trabajadores” (Osorio y Florit).

Cuando Chávez habla de “avanzar en la conformación de una nueva estructura social”, y se lo plantea como “un objetivo medular de la Revolución, medular dentro de lo vital”, le está dando el verdadero carácter socialista al proceso revolucionario venezolano, porque para él esa nueva estructura social está concebida como “una sociedad de iguales”. Para rematar, el Jefe de la Revolución nos plantea que “el objetivo de largo plazo, en lo económico, nadie puede tener duda de ello, es trascender el modelo capitalista. El modelo económico capitalista es inviable, imposible; nosotros los líderes, sobre todo los líderes, debemos tenerlo muy claro”. Ese énfasis en la obligación que tienen los líderes de estar claros en la orientación anticapitalista del proceso, apunta a un asunto fundamental, cual es, que la vanguardia debe estar agrupada en torno a un solo proyecto político-ideológico: el proyecto socialista, porque nos corresponde la enorme tarea de construirlo como sistema material de bienestar colectivo y como ideología del pueblo en Revolución. Para decirlo en palabras del Che: “Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación”.

El socialismo planteado por Chávez se parece muchísimo al que pregonara Graco Babeuf (1760-1797) en El Comunismo y la ley agraria, cuando propone como premisa de esa sociedad deseada “asegurar, en primer lugar, a todos los individuos la base material de existencia, y, en segundo lugar, una educación igual para todos”. Chávez dice que “para no caer en objetivos utópicos”, nos planteamos avanzar en la construcción de esa sociedad de iguales. ¿Avanzar en qué?, en “educación, inclusión social, igualdad”. Igualdad que Babeuf define en su Manifiesto de los Iguales (1797) como “primera promesa de la naturaleza, primera necesidad del hombre y elemento esencial de toda legítima asociación”.

El discurso socialista de Chávez tiene un orden dialéctico impecable y una elaboración tan sencilla que hace que nuestro pueblo lo haga suyo rápidamente a pesar del bombardeo ideológico antisocialista de las últimas seis décadas. Contrario al neoliberalismo salvaje, que pregona la exaltación del mercado como perfeccionador de la sociedad, superpone las cuentas económicas a las humanas, y admite la vulnerabilidad de soberanía nacional por el imperio de la competitividad; el nuevo socialismo invocado por Chávez reivindica el compromiso del Estado en la búsqueda de la felicidad social, prioriza el desarrollo humano integral sobre lo meramente mercantil y reafirma el derecho a la autodeterminación de los pueblos como esencia de la soberanía y la independencia.

¿Cómo se materializa en los hechos este objetivo estratégico de avanzar en la construcción de esa sociedad de iguales? En el millón de alfabetizados y los cientos de miles que han accedido a la educación secundaria y universitaria con las misiones educativas. En las decenas de millones de atenciones en salud de la Misión Barrio Adentro. En el ahorro familiar y seguridad de abastecimiento alimentario que ha significado Mercal. En la democratización del crédito y la promoción de la economía popular, el cooperativismo y la empresa familiar. En la inyección de recursos extraordinarios del negocio petrolero y las reservas internacionales para fortalecer los programas socioeconómicos a favor de las mayorías.

Claro que el camino de la construcción del socialismo está plagado de múltiples y muy complicadas dificultades. La primera de ellas, la acción del imperialismo, que utilizará todo su poderío y aprovechará cualquier oportunidad para atacar. El sólo predominio de las relaciones capitalistas en el mundo ya constituye de por sí un obstáculo a cualquier intento por construir alternativas de desarrollo humano. La cultura capitalista, egoísta e individualista, que hace a las personas ser ajenas a los asuntos del colectivo; lo que llama el Che “alienación”. La dependencia económica y tecnológica de los centros de poder mundiales que limita objetivamente un pleno ejercicio de la soberanía. La acción de los medios de información masiva con toda su carga manipuladora y desinformadora. La ambigüedad o deslealtad de algunos vecinos y aliados en el plano internacional. Amén de las divisiones e inconsecuencias de la dirigencia, la falta de uniformidad en torno al proyecto socialista y la débil formación político-ideológica de la militancia y el movimiento social. Son algunos de los grandes problemas que hemos de enfrentar en el reto histórico que está planteado.
Orígenes del Socialismo

El triunfo definitivo del capitalismo sobre las añejas relaciones feudales que se consolida en los albores del siglo XIX, puso de manifiesto en forma acelerada las nuevas contradicciones que signarían la vida de las personas en la nueva realidad. Las prolongadas e inseguras jornadas laborales a que estaban sometidos los asalariados, la sobreexplotación de mujeres y niños para abaratar el precio de la mano de obra, los ejércitos de desocupados lanzados a las calles por los rigores de la industria capitalista, constituían la fuente de malestar social fundamental que traería consigo las primeras manifestaciones contra el régimen naciente. La magnífica obra de Chaplin Tiempos Modernos nos ofrece una crónica insuperable de aquellos días en que la máquina comienza a sustituir al obrero y éste a tratar de destruirla o sabotearla por considerarla un enemigo directo, o de la manera como los trabajadores empiezan a olfatear el fenómeno de la plusvalía y como el Estado burgués utiliza la fuerza pública para reprimir el reclamo proletario.

La cada vez mayor diferenciación social entre los nuevos potentados señores del capital y los depauperados trabajadores, tuvo sus primeros detractores entre intelectuales sensibles que concibieron sistemas justos capaces de aprovechar las ventajas tecnológicas de las industrias florecientes a favor de una sociedad más igualitaria. Owen en Inglaterra o Saint-Simon, Babeuf, Blanqui o Furier en Francia, fueron los iniciadores de esa visión que hoy conocemos como el socialismo.

Pero fue Marx quien fundó el socialismo como doctrina de la revolución contemporánea. Bebió del pensamiento más avanzado de la época y escrutó los conocimientos científicos que despuntaban con el alba de la era industrial y tecnológica. El socialismo francés de Graco Babeuf, Saint-Simon y Augusto Blanqui fue una de sus fuentes. De ellos tomó aquel socialismo utópico, de raíces cristianas, y lo convirtió en un socialismo basado en las leyes de la historia. Comenzó a tener nombre el viejo sueño de la igualdad entre los seres humanos.

Claro está que en Marx, lo fundamental es su profunda formación filosófica, desarrollada en el debate sobre la dialéctica de Hegel y el materialismo de Feuerbach, de los que toma sus aportes y los reconvierte en uno propio y original al servicio de la humanidad: el materialismo histórico, que es la herramienta clave para comprender los fenómenos sociales a la luz de la historia.

Un tercer vector que concurre al as luminoso de la doctrina marxista, es su estudio de la economía y en particular de la teoría del valor, para lo cual se basa en la revisión de los clásicos ingleses David Ricardo y Adam Smith. Sólo que el barbudo de Tréveris, se adentró en las entrañas del capitalismo con el análisis de la mercancía y fue a sus células y su ADN y descubrió el núcleo del régimen de explotación que da origen a la formación del capital: la plusvalía, el epicentro de la contradicción fundamental del capitalismo.

El socialismo de Marx, sin embargo, no ha pretendido ser en ningún caso una fórmula anquilosada que debe aplicarse mecánicamente a cualquier realidad social e histórica. Ese es el vicio del dogmatismo, que es antagónicamente contrario al pensamiento científico de Marx. Como nos enseñaron nuestros maestros revolucionarios, el marxismo no es una receta sino una guía para la acción.

La derrota del llamado socialismo real por los centros del poder transnacional, materializado en la caída de la Unión Soviética, no ha significado necesariamente la derrota del socialismo como proyecto emancipador. Porque si “utópico” es seguir creyendo en la posibilidad del establecimiento de una sociedad igualitaria que desaparezca la explotación del hombre por el hombre, más lo es creer que la humanidad dejará de intentarlo. La igualdad es el más antiguo y hermoso sueño de la humanidad, por el que han luchado los mejores hijos de la tierra. Mientras unos se empeñan en destruir la naturaleza para seguir enriqueciéndose, la mayoría nos empeñamos en proteger al ecosistema para preservar la vida. Mientras unos se empeñan en hacer la guerra para su beneficio, los pueblos del mundo se alzan para conquistar la paz. Y mientras los pueblos del mundo obren en la solidaridad y sueñen la igualdad, el socialismo seguirá siendo el futuro por venir.

 

 

 

¿Qué es el Socialismo?

“No hay otra definición del socialismo, válida para nosotros, que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y, si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de la explotación se estanca o, aún, retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo”.

Nos aferramos a esta definición del Che que consideramos la más clara y contundente que hayamos leído.

El socialismo es ante todo un camino. Un andar hacia la sociedad superior del futuro. El pueblo es el caminante, por tanto es quien decide la ruta a seguir y la velocidad de la marcha. La vanguardia debe saber esta ley.

Cada realidad nacional específica determina el momento y la forma de llevar a cabo el proyecto socialista.

Lo que define la condición socialista de diversos proyectos nacionales, es la persecución de esos objetivos estratégicos esenciales señalados por El Che: abolir la explotación del hombre por el hombre.

Tener claro el concepto es vital para caracterizar el momento histórico y poder determinar la fase concreta de construcción socialista en cada sociedad particular.

Un dato de la realidad que no debemos desestimar es que aún las relaciones capitalistas predominan en el mundo actual. La interconexión económica, típica de la era globalizada del imperialismo, permanece como variable omnipresente en las relaciones de producción a nivel mundial; incluso, un país gobernado por un partido que se autodenomina comunista, cuya literatura oficial abunda en terminología socialista, funciona realmente como la segunda economía capitalista mundial. Ese país es, obviamente, China, donde se realizó la admirable proeza revolucionaria que lideró el Camarada Mao Tse Tung, pero que hoy tiene invertidas sus reservas estimadas en tres billones de dólares, en EE. UU.

Comentamos este caso de extrema heterogeneidad, para reforzar nuestra tesis de que el socialismo sigue siendo un proyecto en construcción, que el capitalismo es el sistema dominante y que la tarea histórica de sustituirlo por la sociedad socialista, tiene más vigencia que nunca.

La Revolución Bolivariana ha emprendido una serie de medidas de redistribución de la renta petrolera en beneficio de las mayorías desposeídas, y esa es su mayor fuerza y virtud, pero no podemos hablar de haber establecido aún relaciones socialistas de producción. Sería un grave error confundir las conquistas populares en la gestión gubernamental con la instauración del socialismo.

Intentaremos entrar en las diversas acepciones que ha adquirido el socialismo como expresión política, económica, social y cultural en sus dos siglos de existencia como ideal revolucionario por excelencia, al que aborrecen las oligarquías imperialistas del planeta y al que abrazamos las clases trabajadoras como esperanza verdadera de un mundo mejor.

 

El socialismo como necesidad histórica

El socialismo es la alternativa a la destrucción neoliberal imperialista. La humanidad ha transitado en los últimos dos siglos un acelerado atajo hacia la consolidación de un mundo basado cada vez más en el desarrollo tecnológico y el consumo creciente de bienes y servicios en pos del confort sin límite vendido por la ideología capitalista como único modo de vida posible.

Esta sobreproducción típica del capitalismo tiene como consecuencia lógica la destrucción acelerada de una inmensa cuota de los recursos naturales escasos de que dispone la humanidad. Al capitalismo esto no le preocupa, porque su racionalidad no se detiene en detalles románticos cuando de cumplir su máxima se trata: lograr obtener el máximo nivel de ganancias por encima de cualquier otra consideración.

La tendencia autodestructiva del género humano dominado por el capitalismo tiene su más aberrante expresión en las guerras imperialistas. Las oligarquías financieras en pugna por controlar los mercados y las fuentes de energía son capaces de empujar al mundo al borde de su destrucción. Los lanzamientos de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki nos lo recuerdan con dramatismo, y más recientemente, las enfurecidas llamas a flor de tierra en los pozos petroleros de Irak o el tenebroso bombardeo con fósforo blanco sobre la población de Gaza por parte del Estado terrorista de Israel. Matar, hacer la guerra, fabricar juguetes bélicos sofisticados, es uno de los métodos más eficientes de acumulación de capital desarrollados por el capitalismo en todas sus fases, especialmente en la imperialista.

Miremos un momento la historia de los Estados Unidos. Al genocidio de las etnias originarias ejecutado por los invasores que envió la Corona inglesa, siguió la orgía asesina contra la manada de búfalos, la guerra de independencia, la invasión contra México, la Guerra Civil, las invasiones a Cuba, Puerto Rico, Centroamérica, Haití, Panamá, Dominicana, Grenada, Guatemala, Chile, el bombardeo sobre ciudades japonesas, Guerras Mundiales, Corea, Vietnam, las guerras en Medio Oriente, en África, y todos los etcéteras que nos traen a la invasión contra Afganistán e Irak, y la amenaza constante de atacar cualquier otro país como Irán, Corea del Norte o Siria. Todo esto amén de las operaciones encubiertas, boicots, magnicidios, terrorismo clandestino, que han practicado siempre desde los tiempos del barco Maine en la Bahía de La Habana, hasta las armas de destrucción masiva y el invento made in CIA de Al Qaeda. 

Fidel Castro, en su discurso ante la Conferencia de Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992, advirtió de manera brillante, como es su costumbre, del peligro de destrucción que acechaba ya por entonces a la humanidad. Dijo: “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre.

Es necesario señalar que las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con sólo el 20 por ciento de la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de los metales y las tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer.

Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden, miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar. Numerosas especies se extinguen. La presión poblacional y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aun a costa de la naturaleza. No es posible culpar de esto a los países del Tercer Mundo, colonias ayer, naciones explotadas y saqueadas hoy por un orden económico mundial injusto.

Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo”.

Semejante sentencia de impecable elaboración intelectual y especial sensibilidad, refleja la capacidad reflexiva que el pueblo cubano ha logrado desarrollar en su proceso revolucionario y que, quién más que su propio líder, para exponerla con tal elocuencia. No se desperdicia ni una sola palabra de todo el discurso, el cual no reproducimos aquí, por razones de espacio metodológico, pero que recomendamos ampliamente leer.

Lo dicho por Fidel tiene una pertinencia y justeza que trasciende el enfoque político para buscar, casi con desesperación, sensibilizar a toda la urbe, sobre la irracionalidad del esquema de producción dominante, el cual, además de generar relaciones de explotación humana inaceptables, nos somete al riesgo cierto de desaparecer como especie por la destrucción acelerada de las condiciones ambientales mínimas que hacen posible la vida en el planeta.

La explicación contenida en El Capital de Carlos Marx, nos habla de la destrucción de parte de las fuerzas productivas como lógica del sistema capitalista por su tendencia cíclica a padecer crisis de sobreproducción. Esta conclusión de base científica, se ha manifestado de diferentes formas a través de la historia, llegándose a cometer verdaderos desaguisados como aquél de unos ganaderos que prefirieron echar al mar su producción lechera antes que sacarla al mercado a los precios existentes.

El dirigente revolucionario e intelectual cubano Raúl Valdés Vivó, explica de manera concisa este enfoque marxista: “Una parte de la plusvalía que surge cada año es consumida personalmente por las clases poseedoras como renta, pero el resto se acumula como capital. Ese consumo, por inmenso que sea, no logra la venta de la mayor parte de las mercancías, no evita las crisis de sobreproducción. El trabajo no retribuido que se les extrae a los trabajadores les impide consumir el grueso de lo que producen, viene a servir de medio para arrancarle nuevo trabajo no retribuido. Así, como el capital produce plusvalía, la plusvalía a su vez crea capital”. (Especulación financiera contra economía real, Editorial Páginas, La Habana Cuba, 2003) 

El asunto se torna mucho más grave. A las crisis capitalistas de finales del siglo XIX y la década del 30 del siglo XX, les siguieron sucesivas guerras imperialistas que sirvieron para destruir una voluminosa masa de fuerzas productivas, léase capital, recursos naturales y fuerza de trabajo, o sea, humanos.

¿Qué sobrevendrá de la actual crisis general capitalista que ha puesto en jaque los sofisticados intersticios del sistema?

Ya sabemos que el recalentamiento global no es una de sus prioridades. Y ahora con la preocupación de salir de la crisis, el tema ambiental pasará, una vez más, a un plano casi invisible para ese maravilloso mundo de las finanzas.

La alternativa a este suicida sistema de explotación del hombre por el hombre es pues, el viejo sueño de la igualdad, el vilipendiado socialismo.

El otro aspecto que hace del socialismo una necesidad histórica, es impedir que la escalada de violencia que significa el capitalismo como sistema basado en la explotación del hombre por el hombre, acabe por destruir a la humanidad.

La expansión mercantilista de los viejos imperios europeos significó una catástrofe demográfica (Gustavo Gutiérrez, Tras la huella de los pobres de Jesucristo) para los pueblos originarios de Abya Yala. Setenta millones de indígenas (70.000.000) fueron exterminados entre los siglos XVI y XVIII por la invasión hispana-portuguesa-inglesa. Sobre ese cementerio continental se produjo el proceso de acumulación de capital más espantoso de la historia humana, sólo comparable con la tragedia infringida a los ancestros africanos por la esclavista barbarie europea.

Estimaciones especializadas afirman que cerca de 140 millones de africanos de todas las edades, fueron “cazados como animales, comercializados como esclavos y violentamente desterrados, murieron durante su captura, fueron asesinados o lanzados desde los barcos negreros a las aguas del océano Atlántico, resultado de la llamada conquista y colonización europea”. (Raúl Izquierdo Canosa, El flagelo de las guerras).

Se calcula que desde finales del siglo XIX a mediados del XX hubo más de doscientos conflictos armados en los que murieron más de cien millones de personas. Después de la Segunda Guerra se desarrollaron 70 conflictos regionales que involucraron a 80 países y que arrojaron la lamentable cifra de 25 millones de víctimas.

“Un activo y sistemático papel en las guerras y la desenfrenada carrera armamentista ha desempeñado Estados Unidos, cuando en la década de los años 70, mantuvo rodeado el globo terráqueo por una red de 2.500 bases militares y cerca de mil pequeños emplazamientos de uso militar en más de cien países, en los cuales desplegó 12.000 ojivas nucleares y más de 500.000 soldados; en Europa mantuvo 325.000. Actualmente, Estados Unidos mantiene más de 360 bases e instalaciones militares, de ellas 292 están en su propio territorio y 70 en varios países”. (Izquierdo Canosa)

La Primera Guerra Mundial involucró a 34 Estados que movilizaron 70 millones de soldados, su resultado fueron diez millones de uniformados muertos, veinte millones de mutilados, 21 millones de heridos, y quinientos mil civiles fallecidos.

Mientras, la Segunda Guerra Mundial significó la participación de 72 Estados con 110 millones de militares en acción, de los que murieron 34 millones, 28 millones quedaron mutilados, las bajas civiles superan los 30 millones. Sólo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas ofrendó el 10% de su población, unos 20 millones de personas, en esta hecatombe humana desatada por la ambición imperialista del capital transnacional y sus Estados títeres.

Los daños en cada nueva guerra son más graves en la medida que se van sofisticando los aparatos bélicos, con la aplicación de las más modernas tecnologías. Las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagazaki, dejaron un saldo horrendo de 300.000 muertos. Hoy el planeta está sembrado por doquier de armas mil veces más destructoras.

El socialismo es el sistema que frenará radicalmente esta carrera loca hacia la destrucción de la especie, al sustituir el afán de lucro y poder político de los países imperialistas, por un esquema solidario de cooperación y corresponsabilidad universal.

Los recursos invertidos en este juego suicida, servirían con creces para saciar las miserias materiales que padece la humanidad, y emprender seriamente el desarrollo integral y equilibrado de todas las naciones del planeta.

La inviabilidad del capitalismo tiene sus más hondas raíces en la paradoja de ser un sistema que acelera la generación de riqueza haciéndola crecer en forma geométrica, pero, a su vez, por su esencia explotadora transfigurada en la plusvalía, es capaz de provocar brechas insalvables lanzando a la miseria a parte importante de la población mundial. Datos de la FAO señalan que de los 6.500 millones de personas que habitan el planeta, la mitad vive por debajo de la línea de pobreza, y 854 millones sobreviven con hambre crónica. Queda muy lejos la posibilidad de cumplir, hasta el 2015, las Metas del Milenio de la ONU, entre las cuales está la erradicación de la miseria.

La desigualdad es apenas una consecuencia “normal” del capitalismo. Millones deben pasar hambre, para que unos pocos ostentes lujos insolentes. En este sistema se da la “expropiación de la masa del pueblo por unos cuantos usurpadores”.

En el socialismo, la masa del pueblo expropia a unos cuantos usurpadores, recuperando lo que le pertenece porque lo produce con la aplicación de su trabajo sobre los bienes naturales que son propiedad colectiva.

 

El socialismo es humanismo

El socialismo es el sistema que coloca lo humano por encima del capital; es, según el Amauta peruano José Carlos Mariategui, “la realización de un inmenso ideal humano”.

Marx y Engels llegan a usar en su Manifiesto la palabra humanismo como sinónimo del comunismo, para referirse a ese estadio superior de desarrollo de la sociedad donde resultará inconcebible que a algún ser humano se le nieguen sus derechos.

El cacareado humanismo de los teóricos reformistas y burgueses no trasciende al sistema de la ganancia donde predomina la acumulación de capital por la apropiación del trabajo de los otros, que es lo normal en el capitalismo.

El humanismo socialista plantea una ruptura epistemológica con toda expresión de las sociedades basadas en la explotación y promueve la instauración de un sistema libre de toda forma de alienación y desigualdad social.

Como dice el propio Marx en el primer libro de El Capital, la diferencia fundamental entre capitalismo y socialismo es que en aquél caso se trataba de la expropiación de la masa del pueblo por unos pocos usurpadores; aquí se trata de la expropiación de unos pocos por la masa del pueblo.

En un magnífico libro de Armando Hart, titulado Marx, Engels y la condición humana, el autor señala: “Lo ético debemos colocarlo en el centro del debate entre explotados y explotadores…La primera y gran injusticia dentro del sistema capitalista está en arrebatarles a los trabajadores el nuevo valor creado por su trabajo. Podemos cimentar la ética a partir del estudio de la plusvalía y colocar como piedra esencial de una moral ciudadana el honor del trabajo; otro elemento a resaltar es la disposición humana, para asociarse con el objetivo de forjar una sociedad enriquecida material y espiritualmente. Constituyen valores fundamentales de la ética exaltar el honor del trabajo y la vocación social del hombre”. (Edición de la Alcaldía de Caracas, 2005, Pág. 54)

El filósofo español Adolfo Sánchez Vázquez, nos legó este resumen sobre la visión marxista del ser humano: “El hombre real, para Marx es, en unidad indisoluble, un ser espiritual y sensible, natural y propiamente humano, teórico y práctico, objetivo y subjetivo. El hombre es, ante todo, praxis; es decir, se define como un ser productor, transformador, creador; mediante su trabajo, transforma la naturaleza exterior, se plasma en ella y, a la vez, crea un mundo a su medida, es decir, a la medida de su naturaleza humana. Esta objetivación del hombre en el mundo exterior, por la cual produce un mundo de objetos útiles, responde a su naturaleza como ser productor, creador, que se manifiesta  también en el arte, y en otras actividades”. (Ética, Ed, Crítica, 1999, pág. 273).

Como ser social en esencia y por definición, el ser humano es el factor fundamental de la transformación de la sociedad. La famosa Introducción a la Crítica de la Economía Política de Marx, nos propone en poética prosa que, “en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia”.

Volviendo a Sánchez Vázquez, éste refuerza la idea del hombre como ser histórico. “Las relaciones diversas que contrae en una época dada constituyen una unidad o formación económico-social que cambia históricamente bajo el impulso de sus contradicciones internas y, particularmente, cuando llega a su madurez la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Al cambiar la base económica, cambia también la superestructura ideológica, y con ella, la moral”.

 

 

 

El socialismo como sistema de desarrollo integral

En términos bolivarianos el modelo de sistema de gobierno perfecto es aquel “que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”.

El socialismo verdadero es enemigo del desarrollismo industrialista y el economicismo hedonista. La nueva sociedad no busca continuar el boom consumista y el afán irracional de confort que conlleva la destrucción ambiental y la enajenación del espíritu humano. Al contrario, el socialismo debe provocar la ruptura del ciclo capitalista con el advenimiento de una nueva civilización más próxima al principio del Buen Vivir que heredamos de las culturas originarias y que hoy enarbola con gran dignidad el hermano Evo Morales.

Esta liberación integral del ser humano que es el socialismo, aglutinará el esfuerzo colectivo de la clase trabajadora en general, con sus intelectuales y científicos, para construir un sistema de seguridad económica, social, cultural y ambiental, capaz de brindar a las personas la satisfacción de sus necesidades fundamentales en lo material y lo espiritual. Ello significa la creación de suficientes bienes y servicios con el menor desgaste humano y ambiental posible, y sin sacrificar el tiempo de compartir familiar, crecimiento intelectual, y disfrute del ocio placentero y gratificante, tal como lo planteó el célebre santiaguero Paul Lafargue, yerno y camarada de Marx, en su magnífica obra El Derecho a la Pereza.

Nuestra visión del desarrollo es radicalmente opuesta a la desplegada por la ideología neoliberal que concentra su atención en meros resultados macroeconómicos y simples cifras, despreciando lo social y reduciendo a un rol insignificante el papel del sector público en materia económica. Pero también nos enfrentamos a la concepción desarrollista de los viejos y algunos nuevos keynesianos, para los cuales basta con perseguir el pleno empleo de la población económicamente activa y mantener alta la demanda agregada, para que el efecto multiplicador de la inversión reproduzca una vez más las bondades del sistema y así sucesivamente.

El Socialismo del Siglo XXI surge –y hace resurgir el viejo sueño socialista- contra esas doctrinas económicas por la constatación efectiva de su fracaso para resolver los tremendos problemas que padece la humanidad en los umbrales de este nuevo milenio. Para nosotros se trata de alcanzar la “igualdad sustantiva, cuya ausencia total es el núcleo vicioso de todas las relaciones sociales bajo el sistema existente”. (István Mészáros, Socialismo o barbarie. La alternativa al orden social del capital).

Esa igualdad sustantiva nos remite a la máxima marxista, expuesta en sendo debate con Ferdinand Lassalle, en el documento conocido como Crítica del Programa de Gotha: “Cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en su bandera: de cada cual según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. Será el tiempo de la utopía del comunismo.

La liberación de las fuerzas productivas de las amarras opresoras que imponen las relaciones de explotación capitalista, que sólo es posible con el triunfo de la revolución socialista, abre de par en par las compuertas de la creatividad humana para un desarrollo sin precedentes de la ciencia, la tecnología, el arte y la productividad. Pero este nuevo tipo de desarrollo no debe confundirse con el desarrollismo típico del capitalismo industrial ni con el consumismo desaforado del imperialismo neoliberal.

El desarrollo del que hablamos es un desarrollo integral de alto contenido humanista y ecologista, que planifica el uso de los bienes naturales previendo su conservación y su mejor aprovechamiento en función de satisfacer necesidades sociales colectivas e individuales, materiales y espirituales; y toma en cuenta los derechos de las generaciones por venir. Es, ciertamente, un desarrollo antidesarrollista, un nuevo proceso civilizatorio.

En términos bolivarianos, el socialismo como gobierno popular, es el sistema de gobierno más perfecto, aquél que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política.

El desarrollo económico por si solo no basta, debe estar acompañado por una justa distribución de la renta nacional, por la garantía de los derechos sociales fundamentales, y el ejercicio pleno del poder político por el pueblo organizado.

 

El socialismo como sistema del equilibrio universal

La sola idea del llamado Internacionalismo Proletario, desarrollada por los partidos comunistas y socialistas en el siglo XX, es una gran creación ideológica de ese nuevo mundo que soñamos, basado en relaciones justas de intercambio, respeto de la autodeterminación de los pueblos y con una paz estable y sostenible.

La estrategia de la multipolaridad y la preeminencia de la paz, como premisas de las nuevas relaciones internacionales vienen subsumidas del principio bolivariano del Equilibrio Universal. La visión de un mundo con desarrollo armónico de las fuerzas territoriales que lo componen, así como inspirado en el respeto al derecho ajeno, contradice la innata vocación imperialista del capitalismo, que, so pretexto de garantizar la seguridad en el mundo, se erige en gendarme universal con potestad y jurisdicción de hecho sobre todo el planeta.

La idea de una hegemonía imperialista con Estados Unidos como única potencia dominante, pervierte de raíz ese deseo unánime de los pueblos de convivir en paz, en una comunidad internacional de naciones soberanas y fraternas.

El actual desorden internacional es la mejor razón para luchar por el socialismo. Los organismos multilaterales obedecen abiertamente a los intereses imperialistas de Estados Unidos y sus aliados europeos. La ONU da vergüenza en casos como el de Palestina, permitiendo la más absoluta y desvergonzada impunidad al Estado terrorista de Israel. Sus mecanismos internos, particularmente en el seno del Consejo de Seguridad, son lo más antidemocrático que se conozca. El tristemente célebre derecho de veto de que gozan las superpotencias sólo ha servido para burlar el derecho internacional al configurarse una verdadera pandilla de criminales y cómplices internacionales que no entienden ni saben de respeto al prójimo.

Los derechos humanos los echaron hace rato al cesto de basura, pero los desempolvan cada vez que les da la gana para señalar a otros la brizna sin percatarse de la vara que los enceguece.

La geopolítica imperialista parte de considerar el mundo asunto suyo; así, es lo más común decidir invadir Afganistán para perseguir un enemigo invisible, hacer la guerra a Irak para derrocar un gobierno que tenía armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, amenazar constantemente a Corea o Irán para que no desarrollen sus experimentos con energía nuclear, o, promover el armamentismo en Suramérica con un Plan Colombia que sólo ha servido para amparar el terrorismo de Estado trajeado de paramilitarismo que comete delitos de lesa humanidad impunemente.   

El Programa del Partido Socialista Peruano del puño de Mariategui nos recuerda que “la revolución socialista es un movimiento mancomunado de todos los pueblos oprimidos por el capitalismo”, de allí que toda la militancia socialista tiene el deber intrínseco de luchar por sus ideales en todo momento y en cualquier lugar donde se encuentre.

 

El socialismo como camino a una nueva civilización

“La verdad de nuestra época es la revolución… que ella será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu". Este hermoso aporte de Mariátegui nos recuerda otro de excelsa pulcritud que enunciara nuestro Aquiles Nazoa en su Credo, afirmando creer en “el amor y el arte hacia el disfrute de la vida perdurable… y en los poderes creadores del pueblo”.

La lucha por el socialismo es ante todo una terrible lucha cultural. Los valores y dogmas cristalizados tras largos siglos de sociedades explotadoras, aunado al predominio de relaciones discriminatorias entre las personas, han creado una humanidad marcada por el dolor de la miseria de amplias mayorías frente a los privilegios grotescos de minorías opulentas; humanidad frívola, consumista, indiferente, manipulada por los intereses de los poseedores de la ganancia capitalista a nivel mundial.

Situaciones paradójicas de la civilización contemporánea como la destrucción ambiental, las perversidades económicas, la violencia de género, las migraciones marginadas y repudiadas, las invasiones violentas entre países, los conflictos artificiales entre pueblos y las violaciones masivas o selectivas, evidentes o soterradas de derechos humanos, todas relacionadas con la fase decadente del imperialismo, tendrían que experimentar cambios radicales en la etapa de construcción socialista.

Esa nueva civilización cuyo surgimiento va asociado a la construcción socialista, tiene que enfrentar al poderoso enemigo que constituye la maquinaria cultural imperialista. Esta maquinaria es más peligrosa y destructiva que el aparato militar yanqui.

Las cadenas informativas, la vorágine publicitaria, la tristemente célebre industria cinematográfica, conforman un aparato de dominación cultural que crea las condiciones previas espirituales a la hegemonía imperialista.

Se tergiversa la historia universal, se crean necesidades falsas para beneficio del mercado, se concretiza el fetiche mercantil de la persona humana, se justifican las atrocidades del imperio, se estigmatiza a los pueblos sojuzgados, se miente y se domina.

La nueva civilización naciente, concentrará grandes energías mundiales en el redescubrimiento de la verdad histórica, desmitificará los paradigmas del mercadeo perverso, liberará las fuerzas creadoras del genio intelectual colectivo, fundará la cultura del compartir universal y de la preeminencia del trío sagrado humano-natura-cultura.

Este germen transformador está en marcha con cierta fuerza en el mundo de hoy. No son casuales los movimientos sociales alternativos que pregonan por doquier que otro mundo es posible.

La nueva racionalidad socialista en la producción estará siempre acompañada por la nueva ética ambiental tan ancestral en los originarios indoamericanos. La nueva relación de pareja -y por tanto la nueva familia- estará imbuida de las luchas por la igualdad de género y el respeto a las diversas opciones individuales de amarse. La superación de las visiones hegemónicas etnocentristas abrirá cauces a un crisol de culturas y pueblos en armoniosa condición de igualdad. En fin, una nueva humanidad vendrá a repoblar las utopías, como en la crónica real maravillosa que cantaron los poetas comunistas que dieron sapiencia y sangre durante la riesgosa aventura de soñar un mundo mejor.

Presidente de la Comisión Nacional de Refugiados



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Actualizado cada 6 horas

Fecha: 22/01/2011


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